El arte en los suelos

En estos días, recibí un correo electrónico que reclama el caudal de recursos que utiliza el fútbol profesional de nuestro país, el texto sentenciaba: “se apoya más a los futbolistas, que por cierto, nos hacen quedar mal mundialmente y menos a los científicos que son tan necesarios” este párrafo despertó en mi, largas reflexiones, alguna de ellas guarda relación con mis propias experiencias; comprobé que este mismo fenómeno sucede en el arte, es lamentable pero hay que reconocer que la mayoría de nuestro sufrido pueblo, prefiere ver algún aburrido juego dominical de fútbol, que utilizar sus escasas horas de asueto para ir a un museo, escuchar algún concierto o presenciar el fausto espectáculo de la danza.

Me he referido a cierta experiencia personal; mi querida compañía de danza contemporánea: Ballet Teatro de Espacio, estuvo a punto de desaparecer, de hacer su maravillosa magia, nos abandonaba después de regalarnos durante largos años un espectáculo extraordinario digno de presentarse en muchos de los mejores teatros del mundo. La causa: no puede sostener sus gastos mínimos por falta de apoyo del gobierno y la dolorosa ausencia de un público que pueda apreciar una expresión artística tan meritoria.

Cerrar un espacio tan importante, es una debacle cultural, simbólica de un comportamiento que nos arroja a la oscuridad y al abandono artístico; pasó desapercibido para casi todos. Esto es una verdadera tragedia para un pueblo tan necesitado de preparación cultural como México.

La solución de un país subdesarrollado, no es sólo dar empleos y opciones económicas a nuestra gente, es indispensable proporcionar una urdimbre sensible que permita gozar de las mejores expresiones artísticas. Ante el omnímodo consumo de una sociedad materialista, utilitaria, que sólo encuentra placer al comprar algo, cualquier cosa; se yergue una opción mejor: la cultura. No es casualidad que las naciones más avanzados tengan una sólida formación artística.

Tengo amigos que estudian artes plásticas, teatro, cine, danza; me doy cuenta de las terribles dificultades que tienen estos héroes anónimos para seguir la ruta de arte y al mismo tiempo solucionar las elementales necesidades de sobrevivencia. El arte no paga lo suficiente para cubrir lo mínimo necesario; el hambre aguarda como cualquier depredador a que estos jóvenes sean vencidos, saquen su banderita blanca como diría Cortázar y vuelvan a la manada gregaria, como flamantes vendedores de la última novedad de la globalización.

Es casi imposible vivir del arte, es hermoso, pero es pobre, nutre el alma, el corazón, pero por desgracia no el estómago, tan vulgar, pero tan latoso.

Me declaro víctima de lo mismo y me acuso de mi propia cobardía, a los 16 años decidí ser bailarina, lo abandoné no por hambre, por algo peor, la estúpida percepción de que no tendría futuro profesional, ni ningún lujo, ni alguna otra frivolidad similar. Ahora descubro que lo que el sistema no vence con hambre lo consigue con una publicidad masiva que nos hace pensar que lo mejor está en consumir no en vivir, en hacer no en ser.

Hoy cuando los espejismos han sido vencidos y ya es tarde para ser bailarina, descubro que no todo está perdido, sé que vale más la altura espiritual y artística que la social, que la cultura me hace libre, que el consumo es un pozo sin fondo que me lleva siempre a la desolación y al vicio, que un sociedad devoradora pierde su fuerza ante una sociedad culta, que lo inútil es lo más importante, que la belleza alimenta el espíritu y además no tiene costo, sí, una promoción que no tiene caducidad; te hace feliz.

Un pueblo sin cultura no puede sobrevivir, el arte corre el riesgo de quedar en un rincón olvidado, tenemos que rescatar lo hermoso y regalarlo a los nuestros; lo mejor de nosotros se encuentra ahí dentro, en el espíritu indomable de la belleza, la necesidad de expresarlo hace al arte si no lo único si lo mejor, aunque se encuentre en los suelos.

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