Sociedad

La sociedad es inhumana, que paradoja. La sociedad es el peor enemigo del individuo, de la integridad del hombre.
Vivimos en un mundo de mediocres que se conforma con la inútil, pero valida aceptación de los demás, con las costumbres ya escuálidas, con la similitud de actitudes, igualdad de gustos, con la ceguera del espíritu. De nada sirve la cultura, los libros, la filosofía, la información y el tan moderno internet porque seguimos en el mar de convencionalismos -conjunto de opiniones que se fundan en lo convenido o socialmente cómodo, sin ahondar en la verdadera realidad de las cosas- no nos atrevemos a cambiar.
La sociedad causa pánico porque se ha convertido en el juez de lo particular, de lo intimo, de lo auténtico; se convirtió en juez ya que se atribuyó ese poder, ignoro el porque, pues no goza de ese derecho. Sin embargo los seres también se conforman con eso.

El que vive contra el capricho de la sociedad es en automático segregado y humillado con el rechazo, porque la sociedad es intolerable a los intolerables a la sociedad, ingrato es aquel que no quiere formar parte del club de los inválidos. Inválidos porque no tienen la capacidad de razonar, de decidir, de actuar, de sentir, de ser por si solos;  son por lo tanto autómatas y esclavos de la monotonía, de la imbecilidad, de lo práctico y de lo superfluo.

El problema es más grave aún: la gente se enferma por la misma sociedad, se obsesiona por ese mundo, depende de ese rito puntual y absolutamente necesario y muere en la total ignorancia de uno mismo.

Y si he sido dura es porque trato de oponerme a las largas filas de esa multitud que no deseo, del clan que me es patético, de esa sociedad que en los últimos años, cuando mi conciencia es cada vez más lúcida, me ha hecho daño, me ha herido, me ha amenazado, me ha torturado y también, hay que decirlo, ha destruido lo que más he deseado, mucho antes de que haya tenido algo en contra de ésta.

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